Cuando sales a servir al Señor, pareciera que tu zona de servicio es una zona de guerra. Es una tierra desconocida, donde nadie al principio es tu amigo, ni las calles, ni las personas que por ahí circulan lo son. Al inicio es una emoción enorme caminar sobre ese tipo de territorio, ¡por fin sales a combatir! Los habitantes de esa tierra te miran extraño, llevas al inicio demasiada protección dirían ellos; tu escudo, tu casco y tu arma en mano, siempre lista para disparar, pero ese equipo es necesario en un campo así. Sin embargo la primera batalla que yo libré, no fue contra armas enemigas, sino fue contra mi propia carne.
Dicen que las luchas más difíciles de sortear no son los combates en una zona de guerra, sino las luchas contra ti mismo. Mi confianza en el Señor junto con la decisión tomada de salir como misionera, se estaban poniendo a prueba. Ambas decisiones estaban en batalla. No había marcha atrás. Mis pies ya pisaban suelo extranjero, la ciudad de San Luís Potosí. Son esos momentos de soledad, de enojo y de tristeza, de falta de “grandes” resultados en tu ministerio, momentos de duda en saber si eres la persona correcta o idónea para hacer ese trabajo, los que te hacen pelear una batalla que a tus propios ojos parece enorme y casi imposible de ganar . No son más que sentimientos, emociones pero son tan reales que solo te hacen sentir débil , inútil e innecesaria en este campo misionero. Mi habitación ha sido testigo de esas lágrimas derramadas, varias noches ya en estos tres años de servicio. Pero es ahí donde Dios se ha manifestado y a contestado mis oraciones. Son esos momentos donde de nueva cuenta siento su abrazo y escucho su voz a través de su palabra confirmando mi llamado. Satanás ha usado su primera arma, tratar de quitarme la confianza en mi Señor , hasta ahora no lo ha logrado.
La obra tiene que seguir y avanzas en ese territorio, lo importante de la exploración en esta zona es que no vas solo. Tienes a tu lado compañeros, que juntos forman ese batallón especial espiritual; sin ellos este viaje todavía sería mas difícil de realizar. Pero están ahí para animarme, para levantarme y si, de vez en cuando confrontarme con la verdad y recordar mi objetivo y función en esta misión. El viaje se hace más ligero y se torna agradable, aún cuando andas sobre territorio áspero y desconocido. Son ellos, Gerardo, Cesia, Martha y mis pastores, mis compañeros de milicia en esta zona de guerra.
Pero continúo avanzando y recibo disparos, estoy en la línea de fuego. Una segunda batalla se inicia, han sido varias balas de grueso calibre. Es un combate cuerpo a cuerpo. Son disparos de personas a las que he servido y les he dado tiempo. Personas que he amado y luego se alejan. Se alejan de mi , de la iglesia, de Dios. Esos disparos, llegan directo a mi pecho y me hacen caer inmediatamente al suelo. ¿No eran ellos mis amigos? ¿No había sido yo bendición a sus vidas por la palabra de Dios compartida? ¿Qué pasó? No lo entiendo. Pero han tomado ese tipo de decisiones delante de Dios. Me duele no verlas más. Pero son disparos que voy recibir de vez en cuando. Eso lo tengo claro ahora. Como misionera, se que tengo que aprender a iniciar de cero una obra, aprender a ganar a gente para Cristo, verla llegar a la iglesia, verla crecer, gozarme con sus vidas transformadas...pero también tengo que aprender a perder a unas cuantas de esas personas. No es fácil verlas partir. He llegado a aquí, para ganar gente para Cristo Jesús, no para perderlas. Han sido disparos muy profundos, pero no tan hondos para quedarme postrada llorando su partida. Y entiendo que no es a mi a quienes rechazan o de quien se alejan, sino de la Palabra de Dios en sus vidas.
Gracias doy a Dios por el entrenamiento que recibí antes de salir, pero estando aquí en servicio, lo más importante es mantenerte en forma. Son esas largas andanzas en compañía de la palabra de Dios, las que fortalecen mi espíritu. Son ellas las que me mantienen a flote ante la dureza de este ambiente, y las que me permiten ver la amabilidad, la bondad y el gozo del servicio que ahora hago delante de Dios.
Por este territorio existen minas. Esta batalla la libro diariamente. Son bombas de tiempo que tienes que desactivar. Son almas que se están perdiendo y están por todo el campo. Y hay otras que son vidas que estoy afectando con mi liderazgo. Y cada paso que doy en este territorio minado tengo que estar atenta y preparada. Y voy con cuidado de no pisarlas, sino de tomarlas y desactivarlas, de amarlas en Cristo. Cuidando de que no exploten. Esta también es una batalla difícil. Mi tiempo se agota en esta zona. Tengo miedo de que una explote.
Existe una cuarta batalla, la del fuego amigo. Es la más peligrosa y mortal. No son balas que vienen de territorio enemigo, sino las que vienen de tu propio frente. Por este fuego amigo, muchos soldados han caído. Y estas muertes suman más que las muertes por fuego enemigo. Son las oraciones no levantadas para tus misioneros , y las promesas de ofrendas no cumplidas , las balas que mas duelen recibir y que hacen que soldados en la fe mueran en su campo de servicio. Esa batalla no la quiero pelear. No se si sobreviviría. Pero aún así mi confianza esta en Jehová, no en el hombre.
Querida Mahanaím, sigue orando por mi, y no te olvides que esta guerra la estamos peleando juntas. Tu allá en el cuartel, planeando estrategias y enviando soldados que ayuden a ganar esta guerra, yo desde la trinchera.
Salmos 121:8
Jehová guardará tu salida y tu entrada. Desde ahora y para siempre.
Con Amor en Cristo,
Loredana,
misionera.
